¿Cuándo es demasiada tecnología?
Las tecnologías personales de la información ocupan cada vez con mayor ímpetu nuestra vida diaria. No pretendo aquí describirlas ni abundar en su impacto, pero me gustaría dedicar unos párrafos a reflexionar sobre una pregunta que creo que es necesaria para su desarrollo, adopción y usos verdaderamente prácticos.
La pregunta ¿cuánta es demasiada tecnología? está siempre al reverso del desarrollo que desemboca o no en nuevas tecnologías. A pesar de que la mayoría de las veces la concepción de éstas se consigue en centros tecnológicos cerrados, invariablemente sus funciones intentan solucionar o simplificar un problema general y/o cotidiano. Es decir, los usuarios son el principio y el fin del desarrollo tecnológico, a veces en la práctica y otras solo en la teoría. Pero frecuentemente son los usos y no tanto las posibilidades los que marcan la dirección que tendrán los nuevos desarrollos.
Los llamados early adopters o usuarios tempranos generan una retroalimentación que es fundamental para los productores. Pero es la forma de uso generalizada la que finalmente dirige los pasos a seguir. Últimamente, con la velocidad de distribución en internet, por ejemplo, las versiones piloto de un producto –software en este caso- se perfeccionan según su uso en cuestión de semanas.
Sin embargo, sucede que, en muchos lugares, este tipo de usuarios es mínimo y no necesariamente debido a que la tecnología no esté disponible, si no porque existe una apatía y una renuencia a participar en ese tipo de actividades. El problema básico es que muchos usuarios no le encuentran un uso práctico, pero el rechazo también viene mezclado con el temor de perder habilidades o con un sentimiento de deshumanización mucho más profundo. El tema es que los usuarios tardíos, los que adoptan tecnologías ya perfeccionadas, finalmente deben adaptarse a ellas y no al revés. Su única colaboración es casi siempre económica, como ocurre en México casi siempre.
Hoy, cuando la mayoría de las nuevas tecnologías están basadas en la comunicación y en la participación en internet, el sentimiento de invasión tecnológica ha comenzado a tomar un sentido más orwelliano que luddista. La invasión constante a la privacidad, por un lado, y el exhibicionismo de los usuarios que a veces raya en la imprudencia, por el otro, se unen para generar un estado de observación constante. Unión que parece generar todavía más rechazo en sectores que podrían participar aportando usos mucho más personalizados y abriendo brechas de desarrollo, participación e información en donde no las hay.
Es cierto que las funciones de esta nueva dimensión mediática de la tecnología personal generan críticas y dudas, pero también es cierto que sus usos están todavía desarrollándose y descubriéndose. Creo que en el fondo, lo que nos preocupa es si sabremos decir ¿cuánta es demasiada tecnología? o, en otras palabras, el último grito de la paranoia.












